2). CONSTANTES HISTORICAS
Podemos constatar la recurrencia de cuatro
constantes que reaparecen a lo largo de las crisis precedentes
a las reordenaciones vistas. Son constantes que adquieren formas
específicas respondiendo a los cambios histórico-genéticos
del capitalismo pero que, en su naturaleza profunda y en el hecho
de su recurrencia, demuestran su concatenación genético-estructural
con ese modo de producción. Conviene detenernos en ellas
precisamente por su recurrencia, es decir porque al presentarse
siempre denuncian la existencia de necesidades objetivas no ya
sólo de presente inmediato de las burguesías sino
de la propia continuidad del capital en sus dificultades de reproducción
ampliada. Recordemos que la reproducción sintetiza la producción
y la circulación de las mercancías, su realización
en beneficio. Por ello, la circulación tiene una importancia
singular -creciente además- que adquiere pleno sentido
en la perfecta conjunción de los factores sociopolíticos,
burocrático-administrativos, etc, que influyen positiva
o negativamente en la marcha general de la economía.
O dicho en otros términos, el conocimiento de las dificultades
del proyecto de unidad europea expresado en Maastricht se logra
más cabalmente penetrando en la delicada interrelación
de los factores sociopolíticos con los escuetamente económicos.
La recurrencia de cuatro constantes problemáticas en todas
las crisis -a las que hay que añadir una más en
la actual- nos permite conocer la hondura y transcendencia de
las reformas estructurales que deben acometer las burguesías
para lograr un relanzamiento económico de fase larga.
Podemos así desmontar la propaganda pro-Maastricht con
argumentos que atacan al corazón mismo de la naturaleza
genético-estructural del capitalismo y no sólo a
formas histórico-genéticas aisladas, superficiales
y pasajeras. Por último, nos permite cerciorarnos de la
innegable novedad de la actual crisis de onda larga con respecto
a las precedentes que tiene su raíz en la especificidad
propia de la fase expansiva de 1945/68 con respecto a anteriores.
Las cuatro constantes recurrentes son estas: crisis de la disciplina
y forma de trabajo; crisis de la forma-Estado; crisis de la hegemonía
y de la división interestatal del trabajo capitalista y,
por último, crisis de la legitimidad del sistema en esa
fase concreta. Veamos una a una a lo largo de las reordenaciones
sucesivas. No hace falta insistir en que esas crisis están
siempre dentro de los contextos geoculturales en los que se desarrolla
la lucha de clases concreta: nunca se dan en un espacio impoluto
y descontaminado de herencias, tradiciones, costumbres y hábitos
etno-nacionales, de lo que se denomina capital simbólico
acumulado y también activo nacional.
La crisis de la disciplina y forma de trabajo es patente a lo
largo del período tardofeudal expresándose en las
guerras campesinas del XVI y en las luchas intragremiales que
adquirieron gran virulencia. El esfuerzo de los XVI y XVII por
diciplinar a los trabajadores en las nuevas manufacturas se relanzan
con posterioridad al Tratado de Westfallia. El protestantismo
y su rigor metódico expresan la reacción del capital
ante la indolencia de las masas trabajadoras católicas
que rechazan la dictadura espacio-temporal del salario.
Al final del XVIII la descomposición es manifiesta: los
"talleres nacionales" absolutistas franceses no sirven
y hace falta un gran salto en la disciplinarización. La
burguesía francesa no duda en atacar duramente con el Código
Napoleónico a clases, naciones y sexo-género oprimidos
como lo hicieron holandeses e ingleses. La introducción
del taylor-fordismo busca redisciplinar al Trabajo en el inicio
del imperialismo para destruir sus resistencias y saber obrero
desarrollados en las primeras fases de la industrialización.
Hoy, a otra escala, se presenta el mismo problema.
La crisis de la forma-Estado es igualmente patente. La primera
revolución burguesa, la de la actual Holanda, no hubiera
triunfado o le hubiera costado mucho más sin las sucesivas
quiebras financiero-burocráticas del Estado español
de los Habsburgo como tampoco la segunda revolución burguesa,
la de 164O/88 en Inglaterra, sin la quiebra de la monarquía
estatal. La cuarta revolución burguesa, la de 1789 en Francia,
-la tercera es la de las Colonias inglesas en Norteamérica-
tampoco hubiera triunfado sin la podredumbre del absolutismo borbónico
y la era napoleónica, decisiva para estabilizar esencialmente
pese a la derrota los logros burgueses, no se hubiera sostenido
tanto tiempo sin las debilidades de los Estados absolutistas dinásticos.
Por último, sin el agotamiento de los Estados burgueses
de entre guerras el nazi-fascismo hubiera sido otro o no hubiera
sido, las continuidad de la URSS hubiera sido más cuestionada,
las políticas de salida de la crisis de 1929/33 especialmente
hubiera sido más rápida, etc, y la guerra, de haberse
dado, hubiera tomado otro rumbo. La aplicación del keynesianismo
tuvo la finalidad de restablecer la efectividad del Estado como
instrumento decisivo en la vida social. Hoy, a otra escala, existe
el mismo problema.
La crisis de la hegemonía interestatal de la división
del trabajo se vió claramente en el hundimiento del poder
hegemónico de la Casa de los Habsburgo certificada oficialmente
en Westfalia y el traslado de la hegemonía a Holanda e
Inglaterra fundamentalmente; hegemonía que se mantuvo durante
el XVII hasta la derrota holandesa a manos inglesas. El peligro
de perder esa hegemonía debido a la política expansionista
del capital francés en 18O1/O4 en concreto y de toda la
era napoleónica en general explican, además de otros
factores, el empecinamiento desesperado de Inglaterra por vencer
a Francia. El auge alemán y la debilidad inglesa muestran
la rotura de la hegemonía intraeuropea y la agudización
de las contradicciones que justo se resuelven parcialmente y durante
poco tiempo con la Iª GM.
Los planes nazis, consensuados y aprobados siempre por el capital
alemán, aceleran el despegue y vuelven a cuestionar la
superioridad inglesa. Pero la existencia de la URSS añade
un ingrediente nuevo a esa crisis que cambia cualitativamente
el panorama europeo y mundial. Además, por si fuera poco,
la guerra en el océano pacífico con la entrada de
Japón indica la aparición de un tercero en discordia
dentro del imperialismo capitalista. Hoy, a otra escala, existe
el mismo problema.
La crisis de los valores y normas legitimadoras del sistema se
dió agudamente a mediados y finales del XVI adquiriendo
caracteres extremos en el XVII. Ya hemos hablado del protestantismo
como reacción. Hay que decir que fue un proceso interactivo
en el que la autonomía específica de lo ideológico-cultural
jugó su papel pero que, sin embargo, visto en problema
desde perspectiva larga, la determinación en última
instancia correspondió al capitalismo. El enciclopedismo
fue la respuesta burguesa a la decadencia de los valores tardofeudales
absolutistas: modernizó la concepción originaria
de la burguesía revolucionaria holandesa e inglesa.
Una de las obsesiones del Congreso de Viena durante 2O años
es la de cuidar la "buena moral". Frenar el ascenso
de las reivindicaciones sociales, nacionales y feministas en el
último cuarto del s.XIX, las burguesías responden
con una exacerbación nacionalista-chauvinista que crece
al unísono del imperialismo. La situación de entreguerras
en el s.XX tiene en el irracionalismo y el racismo uno de sus
muros contenedores. Hoy, a otra escala, existe el mismo problema.
Estas cuatro crisis recurrentes influencian y a su vez son influenciadas
por los movimientos de lucha y de resistencia. Las reordenaciones
sucesivas de Europa son incomprensible fuera de las presiones
de las masas: se debe insistir en que existe una clara línea
ascendente que va desde la época revolucionaria de la burguesía
-siempre predispuesta al pacto con el anterior poder clasista
para impedir previsibles desbordamientos por la izquierda de las
masas populares-, en la que las dos reordenaciones habidas entonces
tienen contenidos relativamente progresistas -Holanda e Inglaterra
contra el Imperio de los Habsburgo y la fuerza del Vaticano y,
después, Francia contra el absolutismo dinástico
y la reacción clericalista-, hasta la tercera reordenación
ya clara y manifiestamente contrarrevolucionaria pese a la demagogia
democraticista de lucha contra el nazi-fascismo. Esta línea
contrarrevolucionaria ascendente llega a su más alto grado
de expresión en la fase actual.
Por razones de espacio nos vamos a detener sólo en una de las cuatro expresiones más conocidas de las luchas sociales: la de las naciones oprimidas que engloban en sus marcos a las tres anteriores. La lucha de clases en sentido tradicional ya ha sido superficialmente expuesta en activo y pasivo. Carecemos de espacio para extendernos en las luchas feministas y las luchas de los movimientos sectoriales son en gran parte recientes. La presencia elemental de las reivindicaciones nacionales como detonantes de las reordenaciones se comprueba a simple vista. Al definirlas como detonantes se dice eso, que actúan como la mecha, la chispa o simplemente detonante de un compuesto explosivo integrado por todas las contradicciones históricas y presentes que explosiona -ha explosionado siempre hasta ahora en las reordenaciones anteriores- al activarse el detonante nacional.
Las reivindicaciones nacionales tienen ese contenido definitorio
debido a su capacidad de absorción, integración
y sistematización de las diversas contradicciones que existen
en su encuadre geocultural y geopolítico. Incluso hay que
decir que la historia nacional, el pasado, las tradiciones, las
condiciones objetivas y subjetivas en las que las nuevas generaciones
han de librar sus batallas sociales influencian y delimitan subjetiva
y objetivamente el continente y el contenido de dichas batallas
en base a una doble interacción sincrónico-diacrónica:
el desarrollo desigual y combinado de todos los procesos y las
jerarquías centro-semiperiferia-periferia. En vez de extendernos
teóricamente ahora vamos a utilizar el espacio en una mirada
histórica del problema.
No es casualidad que la primera reordenación europea específicamente
post-feudal tuviera como detonante directo la doble mecha nacional
de las reivindicaciones de Bohemia y Provincias Unidas o Países
Bajos, y como detonante indirecto por cuanto algo pretérito
pero fundamental, las guerras campesinas y religiosas alemanas
del XVI, guerras en las que el contenido nacional es innegable.
Más incluso, la reivindicación nacional de Bohemia
es la continuación de la resistencia nacional y social
checa guiada por el movimiento husita a comienzos del XV. La identidad
nacional neerlandesa frente a la mezcla internacional de los "tercios
españoles" -mercenarios alemanes, castellanos, italianos,
franceses, etc.- es incuestionable. Por último, la revolución
puritana inglesa estuvo facilitada por la independización
nacional del anglicanismo con respecto al papismo.
En la segunda reordenación las problemáticas nacionales son si cabe más patentes. La invasión de Francia por potencias extranjeras para abortar la revolución y restaurar al aun vivo Luis XVI suscita un fervor nacional en las masas de ascendencia etno-nacional franco-galo-romana. Las reacciones antifrancesas como el pietismo prusiano-alemán, el tradicionalismo hispano y el metodismo inglés tienen claros contenidos nacionales aparte de su orientación conservadora. Los mismos Estados coaligados contra Francia se aupan sobre los sentimientos nacionales que en esa época se expresan con formas mixtas en las que los componentes del pasado tardofeudal se mezclan con irrupciones liberales y democráticas. Tal ambigüedad lógica inquieta a los Estados coaligados contra Napoleón que utilizan esos sentimientos para luego traicionarlos. El Congreso de Viena reprimirá después sistemáticamente las cada vez más numerosas reivindicaciones de los pueblos.
En la tercera reordenación las problemáticas nacionales
se presentan ya en su forma netamente explosiva. No se trata sólo
de la llamada "cuestión balcánica" -detonante
formal de la Iª GM- ni de las minorías alemanas en
Checoslovaquia y Polonia que unido a la "unificación
germana" y la expansión hacia el Este se presentan
como el detonante oficial de la IIªGM. Estos conflictos son
una parte de un problema muy superior que no podemos analizar
en profundidad aquí.
En los '3O existen ya repartidos entre la URSS y los Estados capitalistas cinco de los seis bloques de problemáticas nacionales que hoy se dan también: nacionalismos chauvinistas de los grandes Estados hipercentralizados y que en la URSS stalinista se disfrazaba con el rótulo de "internacionalismo proletario"; nacionalismos eslavos del Báltico y centroeuropa; nacionalismos de los pueblos oprimidos por los Estados burgueses semiperiféricos; nacionalismos de los pueblos oprimidos por los Estados periféricos y último, nacionalismos eslavos balcánicos e islámicos periféricos. El sionismo, que se había formado como nacionalismo, se esparcía entre los cinco bloques.
La tercera reordenación concluida en 1945 no resolvió
ninguna de las problemáticas a largo plazo. Logró
congelarlas en unos casos como en los Balcanes; en otros las reprimió
con extrema brutalidad como en la URSS y sus dominios del Este,
Estado español, etc; en otros aparentó cierta mejoría
como en Irlanda del Sur a comienzos de los '2O pero dejando la
herida gangrenada de Irlanda del Norte; etc.
Las heridas morales y espirituales de la guerra dejaron posos de recelos y temores entre los pueblos que padecieron las barbaridades nazi-fascistas que todavía se perciben en las generaciones maduras como es el caso del campesinado francés adulto, que ha votado masivamente No en el referéndum pro-Maastricht, siendo el caso de las generaciones adultas danesas. Otro tanto hay que decir del recelo creciente entre la mayoría de pueblos eslavos al auge del pangermanismo económico, que si bien no va todavía unido a su correlato ideológico-racista sí suscita temores en ese sentido. El crecimiento de 1945/68 añade un sexto problema las masas emigrantes extraeuropeas e intraeuropeas que analizaremos en su momento.
Según se aprecia, las cuatro características recurrentes de las crisis globales que han originado las reordenaciones de los espacios europeos son inseparables a su vez de problemáticas sociales y nacionales irresueltas a la larga. Todo ello da forma a una pesada historia más o menos interiorizada conscientemente pero activa en el subconsciente colectivo de los pueblos. Que los temores, angustias o ira que se crean al reverdecer en una época de crisis estructural de larga duración y de pérdida de los referentes y valores clásicos, que esas reacciones sean progresistas o reaccionarias es un problema de primera magnitud que no se resuelve negando el problema, es decir, condenando y reprimiendo toda reivindicación y lucha nacional, sino todo lo contrario, estudiándola en detalle, en su historia particular, reconociendo su urgencia y la de las soluciones a tomar, que pasan inevitablemente por el reconocimiento del básico e imprescindible derecho/necesidad al autogobierno.